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Aprender ya no es lo que era: requiere un cambio de mindset. Hoy aprender se volvió un skill y un asset, y es, sobre todo, algo que puede marcar la diferencia también en términos de empleabilidad. Ya no se trata de lo que sabes, sino de qué tan bueno eres aprendiendo.
En este mundo cambiante en el que vivimos, no podemos quedarnos quietos frente a nuestras capacidades. Tenemos que ser capaces de aprender y des-aprender todo el tiempo. Pero, ¿esto significa que tengo que tirar a la basura mi título universitario? No, para nada. Nadie puede decir que la educación formal no sirve más, el punto está en qué hacemos con el aprendizaje formal. Se me ocurre citar al modelo 70–20–10 que dice que el aprendizaje se adquiere en un 70 por ciento de la experiencia, de lo que hacemos concretamente, un 20 de las interacciones con otros y un 10 de la educación formal. Esto es clave a la hora de pensar en nuestro desarrollo, y el desarrollo de las organizaciones, porque si no nos quedamos armando planes de capacitación que no nos llevan a ningún lugar.

Lo que se necesita para ser un abanderado del aprendizaje es un espíritu curioso, mirar todo con ojos de quien quiere saber. Y para eso, es clave preguntarnos y preguntar todo.
Usar las preguntas como lo hacían los filósofos, no para dar respuesta sino para entender y buscar nuevas posibilidades. En lo individual, se espera que las personas tengan sus propios procesos. Tomar los conceptos básicos y, a partir de eso, empezar a cuestionarse.
Y potenciarse a través del aprendizaje colaborativo. Cuantas más personas aporten a entender este mundo tan complejo, mejor. Eso requiere que cada uno desarrolle skills como la flexibilidad, por ejemplo. Correrse del ego. Es algo parecido a lo que pasa en el teatro de improvisación: un participante propone un concepto y el resto descansa en la confianza de que va a ser lo mejor para el objetivo común. Eso es aprendizaje colaborativo: ser flexibles, confiar y enriquecernos con el otro.
A partir de eso también podemos mencionar otros cambios que se están sucediendo en la escena corporativa, como la aparición de nuevas maneras de liderar (más vulnerables, que no castigan el error, sino que crecen con él) y un nuevo tipo de feedback (más frecuente y con menos dramatismo: el real time feedback o feedback en tiempo real que permite corregir a tiempo, ser más ágiles y correrse de lo jerárquico).

Una nueva mirada
Con todo esto empieza a cambiar la forma en la que trazamos nuestro camino educativo y aparecen conceptos como el del “mínimo aprendizaje viable”: en vez de pensar en términos de hacer un doctorado o una especialización en un tema, se trata de entender cuál es la cantidad mínima de conocimiento que necesito aprender para ponerla en acción. Y en ese ponerlo en acción es donde sucede la magia.
No es un tema nuevo, pero implica una postura completamente distinta. Por ejemplo, cuando lo pensamos en términos de gestión de talento o de selección, antes se buscaban las cucardas en el CV, y hoy hay una mirada que busca más cuán rápido puede aprender una persona y des-aprender o reaprender. Se valora esa dinámica.
Y lo mismo con la idea de “aprendizaje efectivo”: se trata de aprender lo que necesitas en ese momento para resolver inmediatamente y de forma efectiva.
Todo está atravesado por habilidades hermanas que no tenemos que dejar de lado. Lo primero es lo colaborativo: el trabajar en red va a nutrir nuestra capacidad de aprendizaje. Como decíamos anteriormente, no aprendemos solos. Y, a nivel organización, esto implica no solo bajar contenidos, sino y, sobre todo, elegir en cada situación cuál es la mejor manera para que la gente aprenda. Que exista el contenido no significa que se va a aprender. No podemos dar una misma solución a todos.
Desde Veril Consultores lo sabemos y lo contemplamos a la hora del diseño de nuestras soluciones. Un mismo dispositivo, herramienta, dinámica, etc. puede no ser convocante para todos, y nuestro desafío es poder dejar capacidad instalada y asegurarnos de que los conceptos permeen y se pongan en práctica en la organización.

Nuestro rol como organización
Así como le proponemos a los colaboradores que cambien su visión de aprendizaje y formación, también desde el lado de las organizaciones podemos hacernos algunas preguntas para saber si estamos en el camino correcto. ¿Qué pasa con el equipo directivo? ¿Nos cuestionamos la manera de hacer las cosas?¿Estimulamos al equipo a pensar distinto? ¿Invertimos en hacerlo? ¿Corregimos y damos feedback?
Es interesante no enfocarse únicamente en el resultado, sino disfrutar el camino. Conectarnos más con el recorrido de aprendizaje y, así, los resultados llegarán como una consecuencia.
Por supuesto, es un desafío. Las organizaciones tienen que ser generadoras de contexto para que esto suceda: tener espacios donde se discutan ideas o cambiar el formato de evaluación (dejar de pensar en el feedback anual e instalarlo como algo diario), para nombrar algunas ideas.
Esta nueva mirada sobre el aprendizaje debe tener una bajada formal pero también cultural. Por eso es importante empezar a ser los que llevan la bandera del ejemplo, generando momentos para aprender del error, pidiendo devoluciones sin importar la jerarquía, y comenzar a ver con otros ojos a quienes asumen riesgos.
Al final del día se trata de un trabajo artesanal que consiste en ver qué pequeños riesgos podemos tomar y acompañar a la gente. Fomentar los retos y desafíos, pero siempre desde un lugar de confianza.

Finalmente, nos gustaría destacar que el aprendizaje implica esfuerzo. Hay que esforzarse en todo sentido: ponerle tiempo, dedicación, alma y corazón. Por suerte, hoy hay cantidad de herramientas para aprender y para autoaprender y el autodesarrollo es un mundo fascinante: aprovechémoslo. Saquemos provecho de la cantidad de opciones que nos da la tecnología, pero también miremos a los costados y busquemos aprender de nuestros propios pares. Las posibilidades son infinitas.

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